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Fragmento extraído del Libro "Camino del Círculo"

“Estábamos, nuevamente juntos, en aquel lugar desconocido para todos nosotros. Aquel lugar que nos hablaba de “allá”, de aquel tiempo en que los colores de la mezcla estaban presentes. Tal lo que sentíamos a medida que nuestras miradas y nuestras manos iban siendo poseídas por la memoria que atesoraba cada uno de aquellos objetos: la vieja azucarera de barro exhibiendo el rastro de millones de hormigas; un tronco que, en su gastada piel, daba cuenta del paso de los años; el gran caldero que guardaba el secreto de la alquimia sagrada de cientos de anhelos de libertad que cada esclavo abonaba en el cotidiano proceso ritual de la mágica feijoada, agregando un puñado de alimento para sí y para los otros; los candelabros que contenían en sus entrañas el misterio de la luz que alumbraba el camino interior hacia la negada independencia; todo esto, custodiado y protegido por paredes de adobe con techos de junco, donde cada rasgo indistinto nos hablaba de siglos de dolor, desvelo y esperanza; y colgado en un rincón, el lazo de tiento que luego nos revelaría el gran secreto del lugar.

Atreviéndonos, cuestionándonos, sumergiéndonos en aquellos objetos que nos hablaban de la memoria perdida, fuimos en busca de nuestros más íntimos puntos oscuros, aquellos que se niegan a la conciencia. Fue así que Estela, emergiendo como protagonista, tomó la soga y sintió que ésta se apoderaba de su cuello, la aprisionaba, la sofocaba. Me acerqué entonces y le pedí que mostrara la escena; apareció entonces un joven mestizo, la soga en el cuello tirada firmemente por un hombre blanco, robusto, que, con gritos de furia y en castellano castizo, le decía:
—¡es que te voy a matar!, ¡es que te voy a matar!— insistía —¿cómo osaste traicionarme sabiendo que la condena es la muerte? ¿Cómo osaste cruzarte con una mujer blanca?

El joven, que no sabía que aquel hombre blanco era su padre, en silencio pero sin renunciar a su rebeldía, intentaba deshacerse de la atadura. Fue su madre la que, implorando, logró que el patrón lo libere. Pero lo condena al exilio. La madre rogó, imploró desesperadamente, pero el todopoderoso ya había emitido su sentencia y el joven huye.

La madre queda sumergida en un desgarrado dolor pero, manteniendo dignamente el secreto que hablaba de la paternidad de su hijo, seguía aceptando las reglas de su amo y señor.

Así, el joven esclavo, libre de las ataduras, debió cobijarse en la selva y enfrentar, día a día, cada uno de los peligros que ello implicaba: alimañas, hambre, frío, vientos y, sus mayores y más letales enemigos, siempre atentos, feroces, ávidos, acechando como bestias carroñeras, gozando de sus más bajos instintos, los cazadores de negros.

Una tarde, ya agotado de su andar sin rumbo, el joven se vio cercado y, esclavo ante su dolor, no pudo defenderse; esta vez, abandonado por su natural rebeldía e inerme ante sus enemigos, volvieron a sujetar su cuello con una soga. Iban a colgarlo aquellos que creían ser dueños de su vida y de su muerte, quienes ostentaban el poder de decidir, como dueños de la justicia, el destino de aquel joven hombre, quien, por un momento, sintió que debía pagar con su existencia el delito de amar, palabra que alguien había transformado en traición condenándolo al desamparo; creyó que debía pagar, que debía entregar su vida. Y fue en el preciso instante en el que, liberándose de toda atadura entregó su alma poniéndola a disposición del destino, que una risa, una estentórea carcajada que surgía de su garganta, invadió la escena desconcertando a sus captores, quienes quizás comprendiendo que ni aún quitándole la vida podrían esclavizar su alma libre por naturaleza, decidieron liberarlo y pudo, de esta forma, continuar su camino.

Ahora no caminaba sin rumbo, su meta era encontrar a otros de su misma condición, a sus pares, y unirse en comunidad. Logró entonces formar una tribu de la que, al tiempo, entendiendo que su madre debía tener noticias de él, decidió partir. Fue en busca de su origen, a confrontar una vieja historia y, sin saberlo, fue a encontrarse con su identidad. Y se produce el encuentro tan esperado. Allí está su madre frente al hijo ya hombre. Entre lágrimas de alegría, le pide que lo acompañe, que se vaya con él. Pero ella le dice que tendrá que seguir su camino solo, que ella debe quedarse a cuidar a sus otros hijos hasta que, como él, cada uno de ellos encuentre su propio camino y que, además, estaba atada a ese lugar por otro lazo, un lazo de amor. Fue en ese momento que comprendió y pudo aceptar lo que de algún modo siempre había sabido: Que su madre no era realmente esclava, que haciendo uso de su libre albedrío, amó y fue amada por el patrón, su padre, a quien ella había servido con fidelidad, entregando, desde ese lugar, el don de la libertad a cada uno de sus hijos.

En el mismo momento el joven pudo percibir otra mirada en la escena. Allí estaba, ya no su enemigo, sino su padre, conmovido por lo que acababa de presenciar, quien, ahora humano, se acercó y se atrevió a confesarse y confesar que quien en realidad nunca había sido libre era él mismo; que no había sido libre de amar; que había ocultado sus verdaderos sentimientos fingiendo, una y otra vez, violar a esta mujer a la que amaba profundamente. El mismo poder que ostentaba, lo esclavizaba. Era él quien se negaba la libertad frente a sus propios temores y prejuicios. En ese momento, el poderoso amo blanco encontró su verdadera esencia, y fue desde el reconocimiento de ese amor oculto que pudo liberarse de sus propias ataduras. Así, hombre y mujer, ahora juntos, ahora libres, liberaron a su hijo de su última atadura, quien partió nuevamente, pero esta vez íntegro, llevando consigo el secreto revelado de su verdadera identidad.

Conmovidos ante esta historia, nos atrevimos a dramatizar un ritual, un rito de liberación, donde todos nos fuimos liberando de nuestras ataduras, de las que se encuentran en lo más profundo, entre las sombras de nuestro inconsciente. Cada uno de nosotros fue liberado y, por un momento, todos fuimos dadores de libertad.”

Lic. Débora Penna
Investigadora